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doce tesis sobre la política

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pero como en España nunca hubo una cultura política democrá‑

tica ni liberal, desde ese punto concreto de vista no se ha perdido

mucho, e incluso hemos ganado algo (no demasiado). Ciertamen‑

te, los españoles de ahora ven de otra manera el amor, el odio, el

coraje, la cobardía, el trabajo, el ocio, el honor, la vida, la muerte, la

riqueza, la amistad y demás, pero la antropología anterior, aunque

muy rica en humanidad, tampoco era un buen caldo de cultivo

para el constitucionalismo, que fracasaba una y otra vez (la actual

tampoco parece serlo del todo, aunque por razones distintas). Hoy

los españoles son sumisos, legalistas y crédulos, lo que no es bueno

políticamente, pero tienen mejor disposición inicial hacia la de‑

mocracia, y se preocupan más por lo público que sus antepasados.

(Por si sirve de consuelo: tampoco los ingleses hoy se preocupan

hoy tanto por defender sus libertades ni son tan críticos con el

poder). Uno de los rasgos de estos españoles es lo que Bauman

llama

«the cooling‑off of the human planet»,

el enfriamiento de las

relaciones interpersonales; la incapacidad para experimentar lo

bueno del simple estar juntos (págs. 53 ss.). El perspicaz e inmo‑

derado Castoriadis ve a los hombres y mujeres de hoy como seres

disminuidos y desvalidos, habitantes de un mundo sin sentido

—p. ej., volviendo a lo anterior, no saben ser padres o madres—.

Estamos ante un cambio sin precedentes, más serio que los

cambios políticos y jurídicos, y que en España y Latinoamérica es

muy reciente o está todavía produciéndose, aunque sus inicios en el

centro y norte de Europa tenganmás de un siglo. ¿Cómo digerirá la

política, que al fin y al cabo es un invento griego clásico, semejante

mudanza antropológica? ¿Cómo le afectará la desaparición, o el

profundo cambio, de las coordenadas culturales y antropológi‑

cas que le dieron el ser? Castoriadis, como otros pesimistas, dice

que estamos ante el «Derrumbe de Occidente» (págs. 60‑82) y la

«clausura» de la época que llama «onto‑teo‑logo‑falo‑céntrica»,

que tuvo su origen en Grecia. Uno se pregunta qué hay tras tan