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Introducción

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en ellos es desvalido e incapaz de hacerse las cosas por sí mismo,

necesitando al estado. Cada vez el derecho es menos dispositivo y

más cogente, cada vez es más administrativo y menos civil, cada

vez se expande más un nuevo y odioso derecho penal, cada vez nos

deja menos libertad de acción. Cada vez es más un derecho que

regula situaciones objetivas, en las que uno encaja o no, en vez de

relaciones o acciones libres que uno configura como desee. Incluso

en las minucias de la vida jurídica ordinaria, la

prudentia iuris,

la

equidad, la analogía, la teleología de la norma y, en definitiva, la

libertad personal, dejan paso al legalismo, en el que —hay que

admitirlo— no son pocos los que se encuentran cómodos.

Como antes, hay que señalar que estos profundos cambios

eran originariamente de naturaleza filosófica y podrían no haber

repercutido demasiado en la política, o más bien no hacerlo du‑

rante algún tiempo. A día de hoy han repercutido ya.

f) Posición del hombre ante el poder. No decimos «el esta‑

do» sino «el poder» (o bien «los poderes», o «Los que Mandan»,

como diría J. L. de Imaz), y no decimos «público» porque ahora

no siempre lo es. Este libro concibe la actividad política como cosa

de hombres corrientes, y, no hace mucho, el hombre corriente se

enfrentaba básicamente al estado y a unas pocas grandes empresas

de su país; hoy el poder está en el estado (en el seno de la Unión

Europea, cada vez menos), en los Estados Unidos, la OTAN, y en

unos actores nuevos, como la Unión Europea, el FMI, la «Troika»

(FMI, Comisión Europea y Banco Central europeo), la ONU, la

OMC e incluso, en menor grado, los altos tribunales internaciona‑

les. A esos actores, de naturaleza política y formalizados, debemos

añadir las grandes empresas y corporaciones financieras globales,

los que prestan dinero a países en apuros, los que controlan la

energía, Google, los que mandan en las comunicaciones y pla‑

taformas electrónicas, los grupos de elite internacionales que se

reúnen en foros como Davos o Bilderberg, las agencias de

rating,

y