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Prólogo
AL FINAL DEL OVILLO
Fermín Galindo
Consejo Internacional del CILEC
El 15 de septiembre de 2008 se produjo la quiebra de
Lehman Brothers,
un punto de
inflexión en la economía mundial. Ese día estalló una burbuja cuidadosamente alimentada
durante años y que llegó a traspasar las fronteras de todos los países. Era una crisis financiera
globalizada, incubada en la especulación inmobiliaria y la búsqueda desaprensiva del bene-
ficio inmediato.
Como los huracanes tropicales, esta crisis se llevó por delante todo lo que encontró a
su paso que no estuviera estratégicamente preparado para situaciones de emergencia. Los
gobiernos de Grecia, Portugal, Irlanda, Chipre o España, entre otros, caían como fichas de
dominó incapaces de hacer frente a los pagos de su deuda externa, que en la mayoría de los
casos tuvieron que refinanciar asumiendo un coste social tremendo para los más vulnerables.
No solo los gobiernos, también colapsaron grandes empresas, bajó la bolsa y el valor de los
ahorros de las economías domésticas se tambaleó, cuando no se esfumó: muchos de ellos
estaban depositados en entidades que habían sido saqueadas por sus propios directivos y que
“la crisis” dejó al descubierto. Bancos y cajas en diferentes países tuvieron que ser rescatados
para que no colapsara el sistema.
Cuando pasó la furia mediática de la crisis, quedó al descubierto una enorme fractura
social, que se había llevado por delante los ahorros de un país para las pensiones de sus ma-
yores, gran parte del patrimonio y de los negocios de las clases medias, el futuro de muchos
de nuestros jóvenes, obligados a emigrar, en busca de un porvenir; y, sobre todo, se había
instalado un desaliento que había echado raíces ante la evidencia de una desigualdad social
creciente y la incapacidad para volver a una sociedad del bienestar, que se había volatilizado
de la noche a la mañana.
La palabra “crisis” se convirtió en un tabú y no se podía pronunciar. Unos años después,
parecía que nadie podía escapar de ella. La aparición de nuevas zonas de guerra con dramáti-
cas consecuencias y refugiados que se cuentan por millones, sumadas a nuevas y despiadadas
formas de terrorismo internacional acrecentaba la sensación de estar viviendo una pesadilla
que se retroalimentaba. Era el desolador panorama de un mundo en “crisis”.




